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Más de lo que merecíamos

Esta mañana dona Vicenta se levantó con un dejo de tristeza arrastrando las chancletas de gomas que apenas sobre Vivian, por el pincho que le había cruzado en la parte delantera, que se volvió un rose romántico entre el plástico, el pincho y la tierra.

Los 20 años de casada con Pedro habían culminado de la forma menos deseada, un vehículo impacto a su marido mientras este cruzaba la calle al salir de su trabajo.

Pedro se desenvolvía como vigilante privado, y a pesar de las necesidades, nunca dejo de llevar la comida a su casa, pero la vida entre los mortales suele ser cruel y a las personas las tratan no por lo que es en sí, sino por lo que tiene.

Vicenta siempre hacia sus reclamos, y le hacía saber sus disgustos, porque sus amigas tenían más que comida, y ella entendía justo que podía tener el mismo privilegio.

Aquella mañana no podían salir de su cabeza las palabras del predicar, aquel hombre que predico en el velorio de su marido, sus palabras le martillaban en la memoria: Dios nos da más de lo que merecemos, llegamos sin nada y así nos iremos, un día rendiremos cuentas de lo que hicimos y de lo que no hicimos y allí sabremos que pudimos vivir contento con sustento y abrigo, porque al final, la vida no es nuestra, ni nosotros somos nuestros.

La mañana siguió su curso acompañada de una leve llovizna y Vicenta se lanzó de rodillas frente a su cama y solo se le escuchaba susurrar: perdóname señor, perdóname, te suplico que me enseñe a aceptar tu voluntad.



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